Entre Chéjov y Rosales

Tengo claro el cine que me gusta y el que no me gusta. Me gusta el cine que me sorprende y el que se viene conmigo a casa. Unas horas, unos días. Ese cine que se queda a vivir en mi salón y en mi retina. No me gusta el cine envuelto en papel de artificio. Me aburre, me hastía.  Procuro evitarlo. Entre el gusto y el disgusto hay otro tipo de cine, la mayor parte del cine que veo, películas que me habría gustado que me gustasen más, pero que se quedan a mitad de camino. No sigo modas ni creo en cánones, más allá de este criterio: el cine que me gusta, el que no me gusta y el que se queda en medio. No es algo nuevo, por otra parte, pues ya lo dijo en su tiempo Chéjov: “Las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan”.

Dicho esto, me gusta el cine de Jaime Rosales. Arriesga y suele ganar. Por eso leí El lápiz y la cámara, en busca de los cimientos de sus imágenes. El ensayo es valioso y controvertido. Me gusta, por supuesto. Y me disgusta también. No puede ser de otra manera. Su nota liminar es toda una declaración de intenciones: “No es posible vivir sin contradicciones. A lo largo de este libro espero caer en varias incoherencias. […] Tal es nuestra naturaleza profunda: contradictoria. Eso no exime a una persona o a un autor de cierta responsabilidad hacia sí mismo y hacia su trabajo. […] No todo vale ni tampoco todo puede ser completamente coherente”. Firmo debajo y sigo leyendo. Habla del cine por dentro y por fuera, del artista y del artesano, de la humildad y la tenacidad que debe tener un director de cine, de su desnudez, de la necesidad de crear obras claras y misteriosas a un tiempo, lúcidas e intuitivas. Habla de la importancia del espectador como centro de los pensamientos del creador cinematográfico: un enemigo a conquistar. También habla de otras cosas, que seguramente olvide antes porque me interesen menos o porque comulgue menos con ellas. Me gusta, sobre todo, esa idea suya del cineasta existencial -no tanto la del celuloidista-, del cine como la vida. Vivir. Rodar. Vivir rodando. Y más que nada, me gusta que me guste este ensayo suyo tanto como su cine.

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