Bio

A Jesús Serna Quijada no le interesa demasiado reseñar su vida. No olvida sus raíces, eso nunca: necesita aferrarse a algunas certezas para no sucumbir ante el folio en blanco. Presume de mala letra y de peor conciencia. Pero podría ser falso todo lo que dice y todo lo que escribe y todo lo que mira. Lo que siente no, eso no admite discusión, pero se lo guarda para sí y para sus gatos.
Rescato algo que apuntaba una reseña biográfica anterior: “A Jesús Serna le fascina la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mándala de miradas y palabras”. También informaba que durante algún tiempo viajó y que los sucesivos viajes terminaron de moldear su pensamiento. Ni rebatiré ni confirmaré estas afirmaciones.

Como evidencias inasibles: Girasoles en Venecia (2013) y Velódromo (2017), el díptico astillado que revela su versión del mundo; y Lo que queda (2017), su primer largometraje.

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